¿Cuántos años hará de aquello? ¿Era 1986? ¿1987? No soy capaz de precisarlo, andaría yo por los veintidós o veintitrés años, quizá alguno arriba o abajo, lo que sí recuerdo con nitidez fueron aquellas sensaciones.
Llegábamos a Santiago de Compostela un grupo de ocho, nueve posiblemente, en autobús para pasar un día con su noche en la ciudad meta del hoy, mucho más que ayer, transitado Camino.
Antes de lanzarnos a experimentar el París – Dakar (un bar que se llamaba como la capital francesa abría la ruta de los vinos, y otro la cerraba con el nombre de la mítica Dakar) pasamos a dejar nuestro equipaje al albergue donde pasaríamos la noche.
Era un albergue con aspecto lúgubre, que quedaba lejos del centro, no precisamente dedicado a acoger peregrinos (hoy puede que sí), todavía regentado por una orden religiosa. Era enorme y frío, con dormitorios de mil camas que recordaban a los que se ven en las películas de orfanatos o en las dedicadas a las Guerras Mundiales, con los lechos en hilera, blanquecinos, en mi memoria descascarillados.
“Este es el dormitorio de las chicas, este el de los chicos”, nos dijo lacónica la monja que nos recibió.
En aquel momento aquello nos pareció un completo anacronismo (años 80, años de movida, años de revolución social), pero aquello era un reducto que sobrevivía y se gestionaba a través de reglas que, a nosotros que nos creíamos tan modernos y por encima de aquella educación, estaban ancladas en el pasado de una educación castrante.
Esas eran las condiciones y así las aceptamos. Sin rechistar.
Una vez instalados y libres de cargas de mochilas, atravesamos la puerta de la institución y, cuando nos vimos fuera, a la «sombra alargada» del edificio, la imaginación de todos echó a volar inventando una y mil historias de terror: fantasmas, gritos en mitad de la noche, lobos de dentadura sangrienta y otras imágenes que, en ese momento, nos hacían llorar de risa.
Metidos ya en materia (léase: cañas y tapas), comenzamos nuestra ruta dejando a un lado los espíritus y pasando de una a broma a otra, las cuales iban in crescendo en proporción directa a la cantidad de cerveza acumulada en nuestro cuerpo.
Llegamos a la plaza del Obradoiro (para mí la plaza más bonita del mundo) y nuestra visión fue nublada por su apabullante belleza. La Catedral con su Pórtico de la Gloria (sin restaurar, obviamente), su santo “dos croques”, donde tradicionalmente uno tiene que pegar su cabeza contra él para obtener su sabiduría de cara al curso siguiente, el abrazo al Santo (con la mejor vista de la nave central cuando te asomas hacia un lado), el Botafumeiro que sobrevuela las cabezas exhalando incienso en una bendición multitudinaria cada 25 de julio…
Cada cosa iba dejando en nuestro cuerpo su impronta, su granito de arena, para lograr algo a lo que no te puedes negar: “El enamoramiento de ese lugar y, como consecuencia, de la ciudad entera”.
Cuando salimos del templo y una vez explorada las diferentes plazas que lo rodean, nos acercamos al Parque de la Herradura, paseo precioso donde se localiza un punto estratégico en el que no creo que haya pareja de novios que no se tomen una fotografía para enmarcar (en aquellos tiempos de la era NO digital): la Catedral al fondo entre un marco de árboles.
Cayó la tarde y, lejos de caer con ella la temperatura, quedó una noche cálida con un cielo cuajado de estrellas. ¿Qué hacer?
A alguien se le ocurrió volver al Obradoiro a contemplar la fachada de la Catedral iluminada.
Sin peregrinos, sin turistas, la belleza era nuestra y solo nuestra.
Tumbados sobre las piedras calentadas por el sol de todo el día, en el centro geométrico del cuadrante de la plaza, nos abandonamos sin oponer resistencia a la perfección.
No recuerdo cuánto tiempo pudimos estar allí, los segundos, minutos, las horas, no tenían importancia. Estábamos en ese instante y lugar, y toda la vida por delante.
De vuelta a nuestro «orfanato», ya acostadas en nuestras camas descascarilladas, mis compañeras dormían. Y yo, con los ojos como los de un búho, miraba sin pestañear a una Virgencita que parecía flotar frente a mí, pues la repisa donde se apoyaba estaba oculta en la oscuridad.
Hecha de un material fluorescente, parecía un espectro.
Podría yo haber pensado que estaba allí para protegernos, pero no, las historias de terror contadas entre risas por la mañana me vinieron a visitar (y no me hacían en ese instante gracia, precisamente) y no me abandonaron hasta la mañana.
La Virgencita iluminada se convirtió aquella noche en mi pequeño y personal fantasma.
Texto: Esperanza Castro
Imagen: Quique en Pixabay

Qué bonitas sensaciones me haces vivir, casi como si yo hubiera estado allí también.
Me encantan estos recuerdos tuyos que a su vez, a mi me traen otros recuerdos.
Tienes la capacidad de emocionar.
Gracias Esperanza. Otro escrito precioso!!
Regresa pronto con más!!
Muchísimas gracias, mi Merce.
Me gusta relatar mis recuerdos y convertirlos en casi un relato (mis profes dirían que esto es solo una anécdota).
Me encanta que te emociones que vuelvan a ti también tus recuerdos.
Un beso, querida amiga
Muchas gracias Espe, tú si sabes contar historias!
Graaaaciasss, guapaaaa!!!
Un besote inmenso!!!
¡Qué memoria para recordar todos esos detalles de algo que sucedió hace tanto tiempo!
Muchas gracias por este relato que nos permite «viajar», aunque sólo sea con la ilusión, en estos tiempos en que hacerlo en la realidad se ha puesto tan difícil.
Gracias a ti, Silvia.
La verdad es que no tengo muy buena memoria en general, pero hay cosas que se me quedaron grabadas a fuego y ahí permanecen. Sobre todo muchas cosas relacionadas con viaje. Creo que tengo memoria selectiva.
Y, como bien dices, ahora que es difícil viajar físicamente, al menos hagámoslo a través de los recuerdos.
Un besote!!!
Gracias, gracias gracias Esperanza. Me ha gustado mucho tu cuento. Sigue, sugue…Infinitas gracias
Gracias, Milanka.
Qué ilusión me ha hecho tu comentario.
Me encanta que hayas venido hasta mi casita virtual.
Serás bien recibida cada vez que quieras asomarse por aquí.
Un beso y un abrazo muy fuerte!!!