Cada día, entre las cinco y media y seis de la tarde, subo presurosa las lomas de césped que están detrás de casa. La correa de Queca se tensa impidiéndole seguir por el camino del que se ha encaprichado.
En la cumbre hay un área que todavía permanece intacta, y durante esos instantes de libertad, observo con minuciosidad casi enfermiza el tapiz que cubre el suelo. Allí están, como tesoros, mil y una florecillas, y tréboles, incluso fresitas que con el rojo más vivo asoman entre el juego de verdes.
Sin embargo, ayer sucedió el milagro. Al alzar la mirada lo descubrí. Ahí estaba con un gesto que asemejaba melancolía, erguido con la copa alargada acariciando el cielo. Y me acerqué a él como viruta de hierro a un imán.
Me mostró su mejor lado, y yo, instintivamente, pegué mi cuerpo al suyo. Alcé mis brazos y lo envolví. Hubiese querido ser pulpo con tentáculos de mil metros para darle una, y otra, y otra vuelta más a su alrededor. Tanto así me conquistó.
En este abrazo infinito mi pecho se acopló a la superficie lisa y suave, y el hueso de mi cadera derecha rozó sensualmente uno de sus nudos, seguramente nacido de alguna herida cicatrizada.
Escuché mi latido alterado. Y me quedé recostada sobre él hasta que mi corazón se calmó.
Queca tiraba tozuda, quería alejarme, celosa. Mas mi atención era suya y solo suya. Deseaba yo estar así por horas, días. Su pacífica presencia me bañó desde la cabeza a los pies. Bendita serenidad que hacía semanas no sentía.
Y así, en un soplo, mi sensación de abandono desapareció. Su existencia para protegerme en ese minuto de eternidad.
Perdí el control del tiempo, y cuando me llené de su savia, reanudé el paseo entre otros tantos que me pretendían susurrándome lindezas con sus hojas. Pero mi corazón ya había elegido.
Esta tarde a la misma hora he regresado a él, confiada en que estaría esperándome.
Mi chuchilla, una vez más, intentaba privarme de su compañía. Pobre perrita de tres kilos frente a la firme determinación de nuestro encuentro.
Él gallardo y templado, yo mujer que sabe de su amante fiel.
He vuelto a amoldar mis formas a las suyas.
De nuevo a disipar mi latido desbocado.
Mientras sus hojas acarician mi rostro por segunda vez.
Texto: Esperanza Castro
Imagen: Alex Kuimov

Maravillosas sensaciones las que dulcemente transmites.
Me encanta. Una vez más, mis felicitaciones por este bonito relato
Muchísimas gracias, mi Merce.
De verdad que disfruté mucho escribiéndolo y me alegro de que te hayan llegado esas sensaciones.
Mil besooss
Qué bonito y escribes y describes. Maravillada al leerte, mecida con tus palabras, me quedo con ganas de más!!
Gracias,.Vir.
Al final esto se ha quedado más como un relato breve que como entrada de blog al uso.
Vete a saber lo que sale de aquí….
Besoooo
¡¡¡Preséntame de inmediato a ese amante fuerte y amoroso!!!
Precioso relato. Y …. si cierro los ojos casi puedo imaginar la bella interpretación que habría hecho Silvia.
Besototes
Jaaaaa!!!
Sí, podría ser un relato ilustrado.
Se lo propondré.
No había visto tu comentario hasta ahora.
Un besooooo