Entre las dos fotografías que presiden esta entrada puede haber, fácilmente, 45 años. Ahí es ná.
Las miro y reflexiono la cantidad de vivencias que ha sufrido esa niña, Tati, hasta convertirse en la Esperanza que escribe hoy.
Y encuentro que, todavía hay cosas en mí que no han cambiado.
Sigo siendo una enamorada de los Beatles (música que sonaba en mi casa gracias a mi hermana Mabel), la pasión que tenía por la película Chitty Chitty Bang Bang puede que continúe ahí, pues me pirro por las películas musicales (La La Land y Bohemian Rapsody me chiflaron).
En mi infancia no podía imaginar veranear en otro sitio que no fuera la casa de mis abuelos en Sada. Hoy esa casa ya no está en manos familiares, sin embargo, sigo sin concebir pasar algunos días (o tres meses, como este verano) que no sea al lado de ese pueblo tan querido y mis gentes.
Mis estanterías estaban forradas literalmente con la colección completa de Los Cinco (Enid Blyton), ahora siguen forradas de otra literatura que me apasiona de la misma manera.
Sin embargo, y como es natural, muchísimas otras cosas sí han cambiado en mí (¡faltaría más!): mi repulsión por el aguacate (que en España no se veía y que nosotros podíamos comer recién traído de Venezuela por nuestra familia) se ha tornado en pasión (me lo como a cucharadas, sin sal ni aceite ni nada de nada); y esa carita tímida se ha transformado en otra con sus manchas solares y sus arrugas que, hoy por hoy, no tiene miedo a mostrarse.
Muchos de esos cambios se dieron poco a poco, casi sin sentirlos. Otros fueron más abruptos. Y, precisamente, esos son los que me vienen hoy a la mente.
Uno de los años más definitivos en mi vida fue el año que cursé cuarto de carrera. Fue un año que, como recuerdo en palabras de mi amigo Rafa, nos dio la vuelta del revés. Tan importantes fueron las vivencias, que el resultado académico fue catastrófico (cuatro pa septiembre). Pero el resultado vital fue de 10: fue un despertar al verdadero amor, una apertura mental a lo nuevo, eran años de movida madrileña donde lo que antes te parecía censurable pasaba a ser aprobado. La niña de colegio de monjas dejó aparcadas sus creencias y su parte de jueza, y pasó a aceptar la diversidad, a respetar las decisiones de otros, a no parecerle extraño lo que pasaba a su alrededor en las noches interminables de los fines de semana.
Madrid era una fiesta, un bufet para coger y comerte lo que quisieras, un lugar que desprendía el sentimiento de libertad por sus cuatro esquinas. Y yo tuve la gran suerte de vivirlo.
Hoy pienso que los que vivimos aquella época (pero de verdad) tenemos una forma de ver las cosas de manera diferente. Me explico: aquellas vivencias nos hicieron más dúctiles, más abiertos, fuimos pioneros en la aceptación de lo diferente (la canción de Alaska que dice “a quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga…” es casi un himno de nuestra generación). Cierto es que algunos se han olvidado y se han tornado conservadores (siempre hay alguna excepción), pero en la mayoría permanece aún ese espíritu (o así lo siento entre mis allegados).
Como quizás sabréis, yo no tengo hijos, pero percibo muchas veces entre los hijos de mis amigos cierto grado de conservadurismo que me asombra. Supongo que es ley de vida (el péndulo que se marca entre una y otra generación).
Dejando ya ese año fundamental, podría incluir en este texto “una época” que me dio un revolcón: los tres últimos años de mi matrimonio y los ocho que llevo divorciada. Pero siento que eso podría ser material para otra entrada.
Volviendo al inicio, me dejo para el final esta anécdota: la Yaya, abuela de mis primos, todavía cuando me ve me recuerda que yo, con 2 añitos, ya bailaba la yenka. Esa diminuta bailarina aún está ahí, pues mi pasión por el baile (y más concretamente por la biodanza) no ha hecho más que crecer.
Texto: Esperanza Castro
Fotografía: álbum familiar / selfie

Maravilloso texto!!
Te debes dedicar a esto Espe!!!
Me ha encantado!! Un beso
Gracias, Bea!!!
Eso me gustaría, seguir escribiendo.
Es una de mis pasiones, junto a la biodanza.
No sé si sabes que mi monografía de titulación de la bio es una novela.
Está a tu disposición en la página de la Escuela. Por si te apetece leerla.
Un besazo
Gracias, Mari Carmen.
Un besazoooo
Siempre da gusto leerte!! Adentras a quien lo hace. Un beso
Gracias, mi Y.
besos enormes para ti y para mi Luna querida.
Como cada cosa que escribes, que nos cuentas…me parece maravilloso.
Excelente, como siempre.
Una vez más, me he adentrado en lo profundo de tu ser para sentir, para aprender y vivenciar contigo tu rica experiencia de vida.
Gracias por todo lo que compartes.
Tienes un don. Síguelo. A mi me hace muy feliz.
No sabes cuánto te quiero!. ¿O si?
Claro que lo sé. Y tú también sabes lo que te quiero a ti, mi Merce.
Me encanta tu entusiasmo a leerme, me da mucho gusto saber que con mis textos te hago feliz.
Un beso inmenso
que bonito escribes Esperanza ya quisiera yo poder imitarte. Micariño siempre
Gracias, Raquelita.
Cada una tiene dentro de sí mil cualidades valiosas. Tú también tienes las tuyas.
Un beso lleno de cariño
Hola Esperanza reencuentro este blog después de la nuncio que me hiciste hace bastante tiempo que quedó enterrado entre mensajes, y me sorprendo al escucharlo, por los puntos de conexión con tus vivencias, por la frescura y naturalidad con la que escribes, y por la valentía de mostrarte. Me encanta. Un abrazo Chema y Roger
Oh, ¡Qué sorpresa tan fantástica!
Me acuerdo de vosotros, aunque no llegásteis a venir a clase de biodanza.
Me alegro de que te gusten mis escritos. Amo escribir, es lo que más me conecta conmigo misma, junto con la biodanza, claro.
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No suelo dar mucho la lata, lo prometo, jeee.
Un beso grande para cada uno!!!
Viva Alaska!! Fantástico articulo súper flor
Gracias, súper flor!!!
Siempre nos quedará Alaska.
Un beso